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El arte del autorretrato pictórico. Por: Minette Argüello


Autorretrato de Gustave Courbet “El desesperado”, 1843.


Una de las funciones del arte es contar cómo somos. Por medio de la pintura podemos saber hoy en día cómo eran los rostros de pintores tan importantes, así como de los personajes religiosos y políticos a quienes retrataron.

Se habla de un autorretrato cuando el artista decide ser su propio modelo de estudio, convirtiendo al género del retrato en un autorretrato. El espejo ha sido sin duda el objeto que más ha tenido que ver en la ejecución del autorretrato ya que se miraban a través de él para realizar la pintura, aunque también se podían orientar con su reflejo en un rio o a ciegas al palpar su rostro con las manos. A fin de cuentas, la propia cara es el modelo más cercano, inmediato, económico y familiar para realizar una obra.

Fue hasta el final del renacimiento que dentro de su contexto artístico de renovación y ruptura con la antigüedad, el artista comienza a incluirse discretamente en sus obras para dar a entender la importancia de la labor del pintor como artista quien además de dignificar su profesión, desea cumplir con su deseo de permanencia y memoria.

Para el siglo XVII surge la necesidad en el artista de reproducir en su obra las actitudes intelectuales o morales que mejor representen y exalten el personaje del creador. Para el siglo XVIII predomina un fuerte deseo de independencia del artista en la que se pretende darle al autorretrato toda la importancia que tiene más allá de un género secundario, comprendiendo no solo la representación de un dibujo del rostro, si no algo que exige del alma de la persona que se retrata. El siglo XX rompe con las nociones experimentales donde el artista busca nuevas motivaciones al ilustrar su actitud ante el mundo exterior volviendo a la obra más social e intimista.

El autorretrato tiene que ver con el ego y el narcisismo, pero también con el autoconocimiento, la reflexión y el análisis crítico del cuerpo, la belleza y su expresión; el autorretrato facilita la construcción de la autoimagen mediante la auto representación, así como, el reconocimiento del impacto de la mirada de los demás en este proceso.

El autorretrato puede ser un instrumento para conocerse, una forma de exponer nuestro cuerpo, pero también una manifestación del sentir y el modo intimo del ser. Un autorretrato es un mapa del mundo interior, una declaración de intenciones, un testimonio sobre quién eres y como te muestras.

El autorretrato manifiesta nuestra necesidad de permanencia y es metáfora de la identidad. Un privilegio al que silos altos dignatarios de cada época han podido acceder y solo hasta que el ser humano comenzó a disfrutar de mayor libertad e independencia individual empezaron a proliferar los autorretratos pictóricos.

El autorretrato sigue evolucionando liberándose de las obligaciones académicas, morales e ideológicas, dejando de ser un autorretrato tradicional cuando el artista desvela intimidades de su vida, ideales y posición social.

A continuación, una serie de autorretratos icónicos a lo largo de la historia.

Autorretrato de Vincent Van Gogh, 1889.


Autorretrato de Doménico Ghirlandaio integrado en la obra de la adoración de los reyes, 1488.


Autorretrato de Rafael Sanzio, integrado en la obra “La escuela de Atenas”, 1509.


Vanitas de Pieter Claesz, en el reflejo de la bola se aprecia al artista pintando en el caballete la propia obra, 1628.


Autorretrato de Alberto Durero con pieles, 1500.


Caravaggio, David con la cabeza de Goliat, el artista se representa a través de la cabeza decapitada.


Autorretrato de Rembrandt, 1665.


Autorretrato de Frida Kahlo “La columna rota”, 1944.


Autorretrato de Pablo Picasso, 1901.

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