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El terror en el arte como motivo creativo. Por: Minette Argüello.


La pesadilla (el incubo), Henry Fuseli, 1781.


Este fin de semana se celebra Halloween y aunque es una fiesta que se celebra principalmente en Estados Unidos y otros países anglosajones, ha tomado gran popularidad en América Latina al añadir humor y misterio a nuestra tradicional celebración de día de muertos evocando un entretenido encuentro con el mundo sobrenatural.

Los historiadores vinculan la tradición de celebrar Halloween con un festival celta pagano conocido como Samhain, el cual marcaba el final del verano y comienzos de las estaciones más oscuras del año en las islas británicas. Se tenía la creencia de que durante el festival el mundo sobrenatural se hacía presente en el mundo terrenal manifestándose a través de las presencias fantasmales, lo cual generaba bastantes supersticiones, por lo que algunas personas ofrecían comida y golosinas para complacer a los dioses, mientras que otras usaban disfraces confeccionados con pieles y cabezas de animales para ser confundidos por los espíritus como parte de ellos.

La inquietud que genera el acercamiento con el mundo sobrenatural deriva en un peculiar interés por jugar con el miedo a lo desconocido, el temor a la muerte, la conexión con el inframundo, etc., impulsando un acercamiento más abierto y con sentido del humor que nos haga más ameno este día de todos los santos, por lo que la mejor manera de evocar a las festividades de Halloween es aludiendo a obras de arte que abordan el tema del miedo y el terror de una manera interesante.

Artistas de todas las épocas han representado a través de sus obras temas como la muerte, la angustia, las pesadillas, los fantasmas y aterradoras historias mitológicas para entender el terror como una sensación inevitable por la que pasamos todos los seres humanos ante cualquier amenaza real o ficticia, acrecentando esta necesidad de interpretar artísticamente los miedos más estremecedores escondidos en nuestro subconsciente llegando incluso a utilizar la iconografía del terror para atemorizar a la sociedad y controlarla según principios éticos y morales que obedecen principalmente a intereses políticos o religiosos.

La concepción del infierno es un claro ejemplo de un tema que se alimentó de imágenes y escenas aterradoras para describir los horrores a los que podemos ser sometidos como castigo por nuestros pecados, lo que podría entenderse como terror ficticio muy común en la mentalidad medieval y donde se desarrollaba la asociación de la belleza como personificación del bien y la fealdad como sinónimo del mal.

Conforme fue avanzando el tiempo se ha incursionado en la representación artística de otros tipos de temores como el terror real, el cual es muy evidente en las obras que describen los horrores de la guerra y demás actos atroces que cometemos entre humanos, reflejando que la concepción del infierno va más allá de un castigo después de la muerte, pues lo vemos manifestándose en terribles acontecimientos de nuestra realidad.

El tema comienza a racionalizarse cada vez más y volviéndose muy minucioso de entender sobre todo a finales del siglo XIX, con la llegada del Romanticismo y el Simbolismo, aunado a la evolución de pensamiento crítico y científico del siglo XX con el desarrollo de la psicología y otras disciplinas que ayudan a entender y dar validez a nuestros miedos inconscientes que se manifiestan a través de pesadillas y algunos de nuestros comportamientos, haciendo conciencia de ellos para canalizarlos de una manera constructiva como lo ha sido el arte (muy evidente en el surrealismo), por ello el terror ha sido un tema que ha dado un amplio espectro de posibilidades de interpretación artística, con lo que gracias a ello tenemos un extenso legado de obra artística que nos hace reflexionar sobre ello desde diferentes perspectivas como se aprecia en la siguiente selección de obras.


El infierno, Giovanni di Pietro Faloppi, 1410.


El desollamiento de Marcias, Tiziano, 1570-1576.


Los desastres de la guerra, serie de grabados de Francisco Goya 1810-1815.


Saturno devorando a su hijo, Francisco Goya, 1823.


Dante y Virgilio en el infierno, William Adolphe Bouguereau, 1850.


La plaga, Arnold Böcklin, 1898.


El rostro de la guerra, Salvador Dalí, 1940.


El deterioro de la mente a través de la memoria, Otto Rapp.


El teatro de la crueldad, Roberto Ferri, 2010.


Takiyasha la bruja y el espectro del esqueleto, Utagawa Kuniyoshi, 1844.

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